Hace unos días, mientras buscaba algunos enseres en la “botica” entre ello el hielo y alguna pócima refrescante, me sorprendió ver al dueño del local revisando una cuenta de Instagram  dedicada a los deportes ecuestre, está en particular hablaba del “Enduro Ecuestre”. De inmediato, se encendió una conversación rica y muy amena. Me confesó que había empezado en el Enduro ya con más de tres décadas sobre sus espaldas, y su rostro se iluminaba con la alegría de poder practicar una disciplina que le permite descubrir paisajes maravillosos, inaccesibles para muchos parroquianos.

El Enduro, más que una competencia, es un viaje íntimo entre jinete y caballo con competencias que van desde los 20 km en categorías promocionales hasta los 160 km en competiciones internacionales. Es la posibilidad de recorrer senderos que parecen sacados de un cuadro, de sentir el viento como compañero y de escuchar el latido del propio animal marcando el ritmo de la travesía. Quien se adentra en esta disciplina descubre que no se trata solo de resistencia física, sino también de fortaleza espiritual: un cuidado excepcional para no sobre exigir al caballo y una comunión profunda con la naturaleza.

Recuerdo mis primeras experiencias en Pabellón en la década del 80, cuando los caballos eran aliados silenciosos, guardianes de secretos y testigos de historias que se contaban al calor de las brasas. El enduro recoge parte de esa tradición y la transforma en un desafío moderno, donde cada kilómetro es una prueba de confianza mutua.

Lo fascinante es que, como me contó aquel “boticario”, no importa la edad a la que uno decida empezar. El caballo no juzga calendarios ni arrugas; lo que pide es entrega, respeto y la voluntad de compartir el camino. En ese gesto se revela la esencia de la vida ecuestre: la posibilidad de reinventarse, de hallar nuevas pasiones y de descubrir que la aventura siempre está a la vuelta de la esquina.

Quizás ahí reside la magia del enduro, mostrarnos que la juventud no es un número, sino una actitud. Que la plenitud se alcanza cuando nos atrevemos a ensillar y salir, aunque sea por primera vez, hacia lo desconocido.

Porque, al final, como me recordó este “boticario”, lo que se gana no es solamente una medalla o un tiempo registrado, sino la certeza de haber vivido intensamente, de haber mirado horizontes que otros asiduos jamás podrán observar, y de haber compartido con el caballo esa complicidad que transforma cada jornada en una epopeya personal.

Escrito por: Sebastián Escobar Villarreal.

Publicado en Diario el Labrador